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Una vez leí que todos tenemos un sueño premonitorio al menos una vez en la vida. No se si será verdad o no pero lo que sí sé es que yo ya había soñado con esas botas de montaña corriendo en la oscuridad. En mi sueño, esas piernas quieren correr muy rápido pero los pies pesan como el plomo y no avanzan lo suficiente. En mi sueño el avance es a cámara lenta y toda voluntad de querer acelerar es completamente en vano.

Era un día tranquilo. De esos en los que la normalidad te hace sentir como en casa a pesar de la distancia. En honor a la época de lluvias en la que nos encontrábamos, el cielo era gris y los rayos iluminaban las calles. La lluvia llevaba instalada en el país ya unas cuantas semanas y constantemente me acordaba de las palabras de mi amiga Nuria antes de que me fuera a Costa Rica; “aprovecha las mañanas porque por las tardes allí llueve todos los santos días del señor”.

Mientras sonreía acordándome de esa frase había intentado fotografiar los rayos desde la terraza sin mucho éxito. Los malditos nunca avisan por dónde van a salir. Entré en casa y me puse a dar de comer a los peques. Llevaba ya un mes viviendo en casa de Elena y estaba atravesando uno los episodios más felices de mi viaje. Ya iba a cumplir 9 meses desde que comenzó mi año sabático y tomarme un descanso junto a esa amorosa familia me estaba sentando de lujo. Elena era una madre soltera a la que conocí en un precioso bosque de duendes. Como si de un hada se tratara. Desde el primer momento conectamos de una manera muy especial y en muy poco tiempo nos habíamos hecho inseparables. Aquella casa se había convertido en mi oasis personal. Todo lo que recibía era amor, cariño, besos y mucha risa.

 

Era una tarde como cualquier otra, Tom tiraba granos de arroz al suelo mientras que Maty parecía comer más por la camiseta que por la boca. Yo me reía viéndoles mientras Elena hablaba con el papá de los niños para ver a qué hora pasaría a recogerlos. De repente empecé a escuchar gritos en la habitación y antes de que pudiera acercarme a la puerta Elena salió hecha una bola furiosa de rabia. Estaba muy nerviosa así que cogió la chaqueta y dijo que se iba a dar una vuelta. Me puse mis botas de montaña y decidí salir a acompañarla.

Nos pusimos a caminar sin un rumbo concreto mientras hablábamos de la vida y de todo lo que nos había llevado hasta ese momento en el que nos encontrábamos. La lluvia nos había dado una tregua pero únicamente con la intención de que las nubes replegaran de nuevo sus tropas. Sin ser conscientes del espacio-tiempo encendimos un cigarro y andamos un rato más. Ibamos abrazadas, en silencio. En ese momento estábamos sólo ella y yo en el mundo. Todo era calma. Nos encantaba hacer eso, simplemente estar una junto a la otra, mirando al infinito, sin hablar. Conectar únicamente con nosotras mismas y desintoxicarnos del universo entero.

De repente comenzó a llover al estilo costarricense, con truenos y oscuridad. La tormenta nos trajo a la realidad así que decidimos volver a casa por el camino más corto. Andábamos por una acera estrecha junto a una autopista mientras la lluvia nos hacía acelerar el paso. En la lejanía comencé a escuchar una voz detrás nuestro y al mirar vi a un chico acercándose en su bicicleta. Me aparté pensando que quería pasar pero se paró junto a nosotras gritando algo sobre un loco que nos seguía con una niquelada. A partir de ese momento todo ocurrió muy rápido aunque en mi mente recuerdo cada instante tan vívidamente que soy capaz de revivirlo todo a cámara lenta.

Tras escuchar las palabras del ciclista miré a Elena y vi como su cara cambió. Recordar la expresión de miedo que tenía mientras dirigía su mirada hacia el fondo de la calle aún hoy me pone los pelos de punta. Me di la vuelta para tratar de comprender qué es lo que ocurría y me quedé parada observando una figura oscura que corría directamente hacia nosotros. Mi mente no era capaz de asimilar el significado de lo que ese ciclista nos estaba diciendo. A decir verdad ni siquiera estaba segura de saber lo que era una niquelada. Fue Elena la que me sacó de ese trance momentáneo. Me agarró fuerte del brazo y me gritó bajo la lluvia las palabras que aún hoy escucho claramente en mi mente cada vez que lo recuerdo: “Corre! Corre y no pares!!”

Corrí detrás de Elena. Corrí todo lo que pude. Corrí porque la vida me iba en ello. Corrí y sentí que no era suficiente, sentí que lo hacía a cámara lenta. Mientras corría vi mis pies enfundados en mis botas de trekking y me di cuenta de que esa tarde el mundo de los sueños se había vuelto real. Dicen que todos tenemos un sueño premonitorio al menos una vez en la vida. En mi caso, fue una pesadilla.

Aquella carretera no parecía tener fin y mi energía se fue extinguiendo hasta que sentí que ya no podía seguir. Miré hacia atrás y ahí estaba él, la figura negra, encapuchada, que se acercaba cada vez más. Miré hacia adelante y vi que Elena me gritaba algo pero no la oía. Los oídos me pitaban, la lluvia me corría por la cara y un loco corría hacia mi con una pistola. Lo que Elena me estuviera diciendo no importaba, lo único que se me pasaba por la cabeza era que debía buscar una salida. Sabía que si me quedaba allí, el encapuchado me alcanzaría muy pronto y necesitaba encontrar la forma de evitarlo. De repente vi cómo un coche se acercaba por la autopista así que sin pensármelo dos veces me tiré delante de él suplicándole y obligándole a parar, o a atropellarme. En cuanto frenó abrí la puerta del copiloto y me subí sin pensarlo. Antes de cerrar la puerta miré hacia atrás y vi cómo el encapuchado frenaba y se daba la vuelta. Le pedí al hombre que recogiéramos a Elena, que ya había llegado hasta el final de la calle y nos llevó de vuelta a casa. Nada más cruzar la puerta, nos sentamos en el sofá y empezamos a llorar como bebés.

 

A pesar de que afortunadamente pudimos salir sanas y salvas de aquello hay varias cosas que podríamos haber evitado para llegar hasta esa situación. A continuación voy a describir los errores  básicos que cometimos esa tarde:

Oscuridad.- La primera regla de seguridad del viajero es cuidarse muy bien cuando es de noche, principalmente si no conoces el lugar. En nuestro caso Elena se ha criado en ese barrio y conoce a casi todo el mundo así que normalmente no nos suele preocupar salir a la tienda de la esquina cuando ya está oscureciendo. Probablemente esa sea la razón por la que nos confiamos tanto esa tarde. Sin embargo esa confianza nos lleva a salirnos de nuestro itinerario habitual y alejarnos bastante de casa.

Lluvia.- Cuando llueve mucho la gente se refugia en su casa, sobre todo si ya está oscureciendo. Las calles suelen estar más vacías por lo que habrá menos gente para ayudarte en el caso de que ocurra algo. Lo importante en estos casos es andar por lugares concurridos.

Calles vacías.- Cuando nos enteramos de que nos estaba siguiendo ese loco nos dimos cuenta de que eramos las únicas personas que andaban por esa calle. Normalmente los atracadores buscan este tipo de lugares para poder asaltar a la gente así que nos habíamos metido en la boca del lobo.

Confianza.- Elena conoce bien su barrio, conoce bien a la gente y se dejó confiar en que no ocurriría nada. He de reconocer que yo también me dejé confiar bastante. Nuestro error fue no estar pendiente en si nos seguía alguien y no mirar de vez en cuando hacia atrás, sobre todo teniendo en cuenta que íbamos andando bajo la oscuridad por zonas poco transitadas. Ten en cuenta que cuando estás con gente esto suele pasar. Es normal, la gente nos hace sentir seguros pero no por eso hay que anular nuestros sentidos.

Distracciones.- El último error que cometimos fue cerrar nuestros sentidos y centrarnos solo en nuestro interior. Esto está bien, meditar es bueno, pero no en esas situaciones. Si hubiéramos estado alerta seguramente habríamos cogido otro camino, tal vez habríamos estado más atentas a nuestro alrededor o al menos habríamos escuchado los avisos del ciclista mucho antes.

Como puedes ver, básicamente cogimos el manual de normas básicas de seguridad y lo tiramos a la basura. ¿Es culpa nuestra que un loco decida perseguirnos con una pistola? Desde luego que no, pero podíamos haber evitado llegar a esa situación si al menos hubiéramos estado un poco más atentas a nuestro alrededor.

Sin embargo, no pienses que escribo esto para que pienses que el mundo es cruel y peligroso y que te van a matar si sales de tu hostal. Siempre he dicho que lo más importante a la hora de viajar seguro es hacer caso a tu intuición y estar con los sentidos alerta. No hay que obsesionarse. Normalmente cuando viajo sola suelo salir ya oscurecido para salir a cenar o dar un paseo. Voy tranquila pero con los sentidos activados. Esto siempre me ha funcionado y es la única norma de seguridad en la que de verdad confío cuando viajo.

Recuerda que el mundo es bueno por naturaleza. Ese día un hombre nos intentó atracar,  otro nos puso sobre aviso y otro nos rescató. Esa tarde nos encontramos una persona que nos quería hacer mal pero con dos que nos salvaron de esa situación. Eso es con lo que hay que quedarse.

Sal de casa, viaja, descubre, vive experiencias y sumérgete en otras culturas. Y si te ha gustado este artículo no olvides compartirlo y seguirme en mis redes sociales.

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