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Son las 6 de la mañana y la alarma del despertador compite con el canto de los pájaros. Fuera, una ligera niebla nos recibe dando un aspecto misterioso a todo el entorno. Nos vestimos rápidamente y subimos a desayunar cuidando mucho que no se hiciera tarde. No queremos hacer esperar a los gorilas.

En el desayuno nadie habla, estamos todos sumidos en nuestros pensamientos y tratando de imaginarnos cómo será el día. Bwindi impenetrable National Park es una selva espesa y densa. De hecho bwindi significa impenetrable en sí por lo que un bosque llamado impenetrable impenetrable bien puede dar un poco de respeto. Sobre todo después de que nos advirtieran de que el camino no iba a ser nada fácil.
Una hora más tarde estábamos en el punto de encuentro junto a otras 20 personas más o menos. Nos sentaron en sillas de plástico en medio de la selva y uno de los guardaparques nos estuvo dando una explicación sobre normas de seguridad y cómo debíamos comportarnos ante los gorilas. Todos escuchábamos atentos y emocionados por lo que nos esperaba. Allí mismo nos dividieron en varios grupos en función de nuestras preferencias y capacidad física. Cada grupo visitaría una familia diferente de gorilas para disminuir al máximo el estrés de estos.
El guía que nos dirigía nos explicó que el grupo de gorilas que íbamos a buscar constaba de 11 miembros entre los que había una cría de 8 meses! Sólo con eso mis expectativas se estaban superando y no veía la hora de conocerlos a todos. El grupo de gorilas se encontraba a unas 2 horas andando por la selva, lo cual me pareció una nimiedad teniendo en cuenta que hay veces que se puede llegar a tardar hasta 5 horas en encontrarlos. Sin embargo, lo que no nos explicaron es que esas dos horas iban a ser completamente extenuasteis.Comenzamos a caminar y la emoción hacía que sintiera una necesidad imperiosa por llegar. El camino transcurría por un sendero muy estrecho junto a un precipicio con una vegetación tan espesa que parecía imposible que te hicieras daño ahí abajo. Andábamos en fila india y en absoluto silencio, absorbiendo todos los sonidos de ese desconocido bosque. Mientras subíamos y bajábamos empinadas colinas pensaba que es imposible ver más tonos de verde en ningún otro sitio del mundo.
Todo era mullido, musgoso y espeso. Era imposible vislumbrar lo que había detrás de la primera capa de árboles a cada lado del sendero. Las plantas y las hojas eran tan grandes que parecía que nos adentrábamos en una especie de paisaje del cretáceo. Andábamos en fila india y en absoluto silencio, absorbiendo todos los sonidos de ese desconocido bosque. Mientras subíamos y bajábamos empinadas colinas pensaba que es imposible ver más tonos de verde en ningún otro sitio del mundo.


Algunas subidas eran bastante duras pero el hecho de pensar lo que me esperaba más adelante me hacía sacar fuerzas para continuar al ritmo de mis compañeros. El cansancio, el calor, la altitud y la fascinación con la que miraba cada hoja, cada rama y cada piedra de aquel increíble bosque hacían que andara lento, aunque sin pausas. Afortunadamente me había estado entrenando en El Teide antes de viajar a África. En ese momento agradecí todo el sufrimiento que me provocó alcanzar aquella cima.
Al cabo de una hora, nuestro guía nos dijo que íbamos a salir del camino y que era importante que nos pusiéramos las chaquetas para no hacernos daño con la vegetación. Al principio me pareció un poco exagerado, sobre todo con el calor que hacía, aunque le hice caso y me la puse. Con la emoción expandiéndose cada vez más en mi pecho comencé a ver cómo el grupo iba desapareciendo por ese frondoso precipicio.
Sólo me hizo falta dar un par de pasos fuera del camino para conocer el verdadero significado de la palabra Impenetrable. A pesar de que tenía 9 personas caminando por delante mío, las plantas se las tragaban una por una delante de mis ojos. Parecía que la vegetación se regeneraba por momentos cerrando el paso abierto por el machete unos metros más adelante. La inmensa maraña de raíces y musgos me obligaba a pisar unos centímetros por encima del suelo. Esta capa era tan densa que mantenía nuestro peso sin ceder pero tan resbaladiza que se hacia difícil agarrarse a ella. El suelo era irregular. Me costaba mucho apoyar bien mi pie así que me agarraba a todo lo que había a mi alrededor. Las plantas expulsaban sus ramas como tentáculos finos que se agarraban fuertemente a mis piernas, brazos o cualquier cosa que estuviese a su alcance. Todo esto, unido al empinado descenso ponía constantemente a prueba mi equilibrio y agilidad. Teniendo en cuenta que mi lema parece ser “todos los dias, un culazo por lo menos”, esa mañana cubrí mi cupo de medio mes.
El grupo avanzaba muy lentamente y con muchas dificultades. Todo el mundo tenía problemas con los resbalones y la densidad de las plantas. Al cabo de un rato, visualizamos a lo lejos a los guardabosques que habían rastreado a los gorilas, la emoción se apoderó de nosotros, la velocidad de la fila comenzó a aumentar y, por ende, las caídas. Aún así, mi cara de felicidad indicaba que me daban absolutamente igual unos cuantos moretones. Aquello estaba siendo la aventura de mi vida y no había hecho más que comenzar.

Cuando llegamos hasta los guarda parques escuchamos el ruido de unas ramas partiéndose frente a nosotros y finalmente lo vimos. Una mancha negra apareció distorsionando la inmensidad verde. A pesar de la lejanía, la emoción estalló en mi pecho y las lágrimas comenzaron a brotar. Llevaba toda la vida deseando poder ver gorilas en libertad y aquella mancha negra difuminada me había hecho darme cuenta de que todo el esfuerzo, el sufrimiento y las dudas de los últimos meses habían valido la pena. En ese momento descubrí el verdarero sentimiento de ver un sueño cumplido.

Poco a poco nos fuimos acercando cada vez más y enormes y pacíficos seres negros comenzaron a aparecer a nuestro alrededor, algunos a escasos metros. Eran seres imponentes pero su tamaño se hacía minúsculo frente a la inmensidad de la selva. Me sorprendió la facilidad con la que pueden desaparecer entre la vegetación a pesar del contraste de colores. Era como si hubieran firmado un acuerdo con el bosque para poder desaparecer a su antojo.
Los gorilas sabían que estábamos allí pero parecía que les importábamos lo mismo que una mosca. Pululábamos a su alrededor, mirándoles, manteniendo la distancia, disfrutando de su presencia pero ello sólo se dedicaban a continuar con su vida de gorila. Era como un gran hermano salvaje donde nosotros somos simples espectadores que disfrutan de la rutina de los aquellos enormes primates.

El primer gorila al que nos acercamos era un macho. Los nombres se los ponen en función de su carácter y este se llamaba Rurehuka (El observador). Era un espalda plateada y estaba metiendose en la boca tranquilamente un puñado de hojas verdes mientras gruñía de placer por la delicia de su comida. Se encontraba únicamente unos metros por encima nuestro y me quedé tan embobada mirándolo que no me percaté de que otros miembros habían aparecido junto a él.
Nunca podré describir realmente la sensación de tener a un gorila salvaje junto a mi. Su majestuosidad, su belleza y su pacifismo hicieron que mi corazón se acelerara y a pesar de eso sintiera una calma inmensa en mi interior. Los gorilas transmiten paz, tranquilidad y contemplación. Antes ellos, únicamente me apetecía sentarme a observar, observar y observar durante horas. La tranquilidad con la que comen, la lentitud con la que se mueven y el mágico entorno que les rodea provocan una sensación de plenitud única. Mis lágrimas continuaban y no era capaz de frenar ese sentimiento de que todo el universo entero se había concentrado en mi pecho.
El silencio sólo era roto por el sonido de los gorilas moviéndose, los pájaros cantando y los obturadores de las cámaras abriéndose. Mientras trataba de procesar y absorber todo lo que sentía en ese momento, escuchamos un gruñido a nuestro lado. El guía nos indicó que nos apartáramos porque parecía que un macho joven quería pasar por donde estábamos. Dimos unos pasos hacia atrás y el gorila comenzó a caminar hacia nosotras. Aquello me dejó sin aliento. Cada vez estaba más cerca. Me quedé completamente paralizada. El gorila se acercaba como si no nos hubiera visto. Parecíamos seres invisibles a sus ojos y claramente nuestra presencia no iba a hacerle cambiar el rumbo. Pero cuando estaba casi al lado nuestro, en vez de pasar de largo se sentó tranquilamente frente a nosotras. Estaba tan cerca que casi podía oler su pelaje. Tindatine (el que no tiene miedo) clavó una mirada en mi tan bondadosa que por alguna extraña razón me recordó a mi abuelo y me entraron unas ganas terribles de acercarme a abrazarlo. Nos quedamos allí, observándonos profundamente el uno al otro durante unos minutos hasta que se dio la vuelta tranquilamente para disfrutar del manjar en el que estaba sentado.
Las normas del gobierno para permitir la visita a los gorilas salvajes son muy estrictas e impiden permanecer con ellos más de una hora. Obviamente estoy completamente a favor de estas medidas aunque para mi gusto nuestro tiempo pasó demasiado rápido. Me dio una pena enorme no poder quedarme a observarlos unas cuantas horas más pero esa norma es vital para la conservación de esta espectacular especie así que sin rechistar emprendimos el camino de vuelta.
Sin el aliciente de ir a ver a los gorilas, la vuelta se hizo un poco más dura y mi admiración por los guardaparques aún mayor; no sólo por dedicar su vida a la conservación de este maravilloso bosque sino también por ser capaces de caminar tranquilamente por ese imposible lecho como si fuese un mullido colchón.
Como despedida me resbalé y me caí en un pequeño río justo saliendo de la selva. A pesar del dolor en la rodilla y en mi orgullo, no fui capaz de quitarme la sonrisa de auténtica felicidad de la cara durante un par de horas. Antes de alejarnos por completo de aquel paraíso boscoso me hice la promesa de volver a repetir esta maravillosa experiencia algún día.

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